KMPERDIBLE :EL ESPÍITU REVOLUCIONARIO
Angélica Barragán en Religion en LibertadLa evidente crisis moral, en la cual nuestro mundo está inmerso, es consecuencia de la Revolución; inspirada y sostenida, como afirmó Pedro Caro y Sureda: "por el mismo espíritu de la soberbia y la maldad que allá en los orígenes del mundo fue causa del primer delito; el Non serviam: No obedeceré". Desde entonces, la antigua serpiente se vale de las pasiones humanas para poner hombre contra hombre y, aun, al hombre contra sí mismo. Así la Revolución —"enemiga de todas las formas de gobierno, enemiga de todos los pueblos, enemiga de la sociedad universal"— arrastra a "la humanidad al brutal salvajismo transformándola en enemiga de Dios y de la naturaleza e independizándola absolutamente de las leyes divinas y humanas".
No obstante, hay una generalizada opinión de que —pese al caos, la duda, la división, la impiedad y la violencia que la acompaña— la Revolución ha sido necesaria para traer el progreso, la libertad y la justicia que, los antiguos "dogmas y supersticiones" habían obstaculizado. Hemos olvidado que, como advirtió Blanc de Saint-Bonnet: "El progreso material sin progreso moral es una aceleración hacia el abismo". De ahí que la Revolución nunca ha sido el principio de ningún progreso real. Como afirmó Monseñor Segur: "Tampoco ha sido como se nos quiere hacer creer, la libertad de los oprimidos, la supresión de abusos inveterados, el mejoramiento y progreso de la humanidad, el esparcimiento de luces y conocimientos, la realización de todas las aspiraciones generosas de los pueblos".
Desafortunadamente, la Revolución —parafraseando a Monseñor Gaume— ha sabido difundir en la sociedad, el odio a todo orden religioso y social, que no han sido fundados por el hombre, y en los que el hombre no es rey y dios a la vez. Su filosofía de la rebelión, su política de la rebelión, su religión de la rebelión; el cimiento del estado religioso y social construido sobre la voluntad del hombre en lugar de la de Dios. En resumidas cuentas: la Revolución ha destronado a Dios y ha puesto, en Su lugar, al hombre.
Así, con la antigua promesa del "seréis como dioses" la Revolución, sigue ganando terreno a través de una propaganda que —al tiempo que calumnia a la iglesia y reescribe la historia a fin de acomodarla a su discurso— invierte la moral y pervierte las inteligencias. No en balde debemos a los "ilustrados del siglo de las luces" los vocablos "oscurantista" para designar el medievo, época en la cual, como afirmase León XIII, "la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados".
La ingenua visión de que la humanidad avanza y progresa dirigiéndose hacia el mejor de los mundos contrasta fuertemente con la realidad. Ya que, la rebelión del hombre contra Dios y Su ley ha normalizado: el divorcio, la anticoncepción, la pornografía, el sexo fuera del matrimonio, el llamado matrimonio igualitario (homosexual) y el aborto —que, amparado bajo el pomposo nombre de derecho reproductivo, es responsable de 73 millones de abortos al año—. Como afirmó Donoso Cortés: "El siglo moderno ha dado la espalda a Dios, y se asombra de que el mundo se le derrumbe".
Hemos olvidado que los remanentes de bien, verdad y belleza que aún guarda occidente, lo debe a la Santa Fe que el enemigo, perversamente, se empeña en destruir por completo. Pues, aun cuando promete luces, progreso y libertad; la Revolución acaba imponiendo la oscuridad de la impiedad y la tiranía de las pasiones. Como afirmó de Maistre: "La Revolución es la soberanía del número; el culto de la cantidad, la negación de la verdad". Además, cuando se imponen los "derechos humanos" sobre los derechos de Dios; se acaba por sembrar el caos, la anarquía y la muerte.
El espíritu revolucionario proclama la autonomía absoluta del hombre respecto a Dios y su lema es el impío "non serviam". El catolicismo, por su parte, proclama el amor a Dios y la sujeción absoluta del hombre a la ley moral que encuentra, en el servicio a Dios, su plena realización y su verdadera libertad. De ahí que, mientras que el hombre revolucionario pretende establecer el paraíso terrenal, el cristiano anhela el cielo y lucha por ser luz del mundo.
Revolución y catolicismo representan las dos ciudades, opuestas entre sí, de las que nos habla San Agustín: "Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloria en sí misma; la segunda se gloria en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: Gloria mía, tú mantienes alta mi cabeza (Salmo 3,4). La primera está dominada por la ambición de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza" (Salmo 17,2).
Que la Santísima Virgen María, cuyo "corazón es la primera tierra contrarrevolucionaria: intacta, invicta, inviolable" (Ramiro de Maeztu); nos proteja y cubra con Su manto.